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Unidos para servir
Adorar a Jesús en espíritu y en verdad
Mateo 21:1-11
Domingo de palmas

Cuando Jesús afirma: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, marca uno de los fundamentos esenciales del seguimiento en la adoración y el servicio cristiano. Jesús mismo es el camino a recorrer, no un camino más que nos lleva hacia su encuentro o a un espacio único o exclusivo para adorar su nombre. Recordemos su conversación con la mujer de Samaria, donde en la disputa por el lugar verdadero para adorar a Dios, Jesús concluye con una verdad extraordinaria: “llegará un día cuando ni en este monte ni en Jerusalén se adorará a Dios…puesto que Dios es espíritu, los verdaderos adoradores lo hacen en espíritu y en verdad”.

En esta día que celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, y que marca a su vez, el inicio de la semana de la pasión de nuestro Señor, podemos también reflexionar sobre ¿qué tipo de adoradores somos? Si celebramos la entrada de Jesús a nuestros corazones, cómo estamos comprometidos con visión de eternidad a levantar nuestras palmas, en testimonio de gratitud ante el amor de Dios; y asimismo, a ofrecer nuestros mantos, en vidas de servicio que en obediencia proclaman al príncipe de paz.

En la visión de Mateo, en la descripción de este acontecimiento, se distinguen grupos tanto en la preparación de la llegada de Jesús a Jerusalén, como en su entrada y recibimiento: sus discípulos, los seguidores del camino y los receptores de la ciudad. ¿cómo responden cada uno ante la palabra y la acción de Jesús? ¿quién es Jesús para cada uno?

Para sus discípulos: Jesús es el Señor. Acatan la orden y responden tal como su Señor se los indica. Los discípulos habían aprendido que la palabra de Jesús siempre tenía un sentido y un para qué, nada era dicho al azar, sino en el cumplimiento de la promesa y de su misión como Hijo de Dios.
Obedecer al Señor es creer y ejecutar su palabra, como sentido y motivación hacia algo superior, aún sin comprender o ver con claridad su propósito. Obedecer es confiar que El es el camino, la verdad y la vida, el que orienta y dirige hacia la transformación y fortaleza de nuestros corazones.

Los discípulos de Jesús creen, confían, obedecen a su palabra y en comunidad la escuchan, disciernen y ejecutan. Como luz, agua, pan que nutre y fortalece la vida del Cuerpo, del cual Cristo es el Señor de la iglesia. A su vez, sus discípulos preparan la entrada de Jesús para que su Palabra continúe el camino, esto es una proclamación y adoración que se da en el servicio y la humildad. Estaban convencidos que sólo Jesús, como Señor tenía palabras de vida eterna para todos y recordarían que la grandeza sólo se encuentra en el servicio ¡y ejemplo les había dado! Preparar los caminos al Señor y poner nuestros mantos a su servicio es adoración en espíritu y en verdad: es descubrir el verdadero valor y el sentido pleno de la vida.

Para los seguidores del camino: Jesús es el Rey. La multitud que viene atrás y adelante de Jesús, la del camino, desborda en alegría y su proclamación es efusiva: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”. Pero esta proclamación iba precedida de gestos sinceros y emotivos: “Y la multitud [...] tendía sus mantos en el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino”. Gestos y palabras que hablan de una predisposición a seguir a quienes consideran el rey/mesías prometido. Para este grupo Jesús es un camino, tienen un camino que andar, es decir, se hallan predispuestos al seguimiento y a una proclamación sincera, aunque al parecer epidérmica y efímera.

Cuántos estarían diciendo ¡crucifícale, crucifícale! en los días siguientes, no lo sabemos. Otros, quizá sufrirían la pena del dolor de Cristo, pero sin compromiso posterior por la obra de Jesús en la cruz. A su vez, esta multitud enseña a su manera, a proclamar y honrar a Jesús. ¡Cómo vivir una fe coherente, consistente, decidida y osada que afirme que Jesús es el Rey de nuestras vidas! Recordemos que nadie puede servir a dos señores; que nuestras expectativas y prioridades de la vida estén siempre centradas y ancladas en el compromiso por el Rey del Reino de Dios y el profeta máximo de la revelación de Dios: el verbo hecho carne.

Para los de la ciudad: Jesús es un profeta. ¿Y quién es éste? se preguntan, ante una ciudad convulsionada por la presencia de este hombre; se reclama información, en sentido más inquisitivo o racional. En Lucas y en Mateo se apunta que entre estos habitantes de la ciudad están los fariseos y algunos de los principales de la sinagoga. “Y la gente decía: este es Jesús el profeta de Nazaret de Galilea”. Por más que esta respuesta nos parezca positiva no deja de ser muy fría, muy “descriptiva”, en otras palabras, es una acogida distante. Sin duda, es acogida, pero no con la disposición a tender mantos y ramas a sus pies.

A diferencia de los seguidores del camino, éstos no tienen que ir a ninguna parte porque están bien instalados, lo cual les hace ver a los “caminantes” con cierto grado de inquietud o sospecha. Y como habitantes de una ciudad donde es punto de destino de muchos caminos, en ella hay una gran diversidad: cada uno ha entrado por un lugar distinto, ¿por qué habrían de escuchar a todos los que llegaban a ella?

Pero Jesús no es un desconocido y no entra en silencio, sus milagros son públicos, su testimonio es público y las reacciones y decisiones de las personas por seguirle, en general han sido públicas.
La palabra y acción de Jesús sacude la vida, algunos se mantendrán fieles y otros se retirarán sigilosamente al saber que el precio es muy alto.

¿Y quién es Jesús? La pregunta tiene validez para hoy, para todos aquellos que están muy instalados y que no desean ponerse en camino; en la ciudad muy pocos pueden experimentar la grandeza de la apertura a la sorpresa, a lo desconocido, al asombro de la posibilidad de transformación. Son pocos quienes emprenden un viaje para encontrarse con la experiencia más fundamental de su vida, con el Dios que camina y que nos invita a ponernos en el camino del seguimiento, el de la gracia, del amor y la misericordia.

Ante esta pregunta, toca a su iglesia dar razón de nuestra fe y esperanza. Por ello hemos de ser iglesias del camino, no superficiales ni tibias, sino con una pasión y amor por adorar y proclamar en espíritu y en verdad a Señor y Rey de nuestras vidas. El relato de la entrada de Jesús a Jerusalén, tiene diferentes percepciones del seguimiento y de pertenencia al pueblo de Dios. Sin embargo, nos convoca a prepararnos con valentía para un viaje de verdad, a preparar el camino al Señor, a proclamar a Jesús como el Rey, y a honrar con un testimonio público la Palabra cumplida en el Jesús que es cumplida toda la profecía.

Que la entrada de Jesús a nuestras vidas sea siempre motivo de gozo y de certeza; que vale la pena proclamarle y seguirle…que su iglesia alce las palmas y ofrezca sus mantos a Jesús y que camine siempre en adoración y servicio. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! AMEN.

Rev. Rebeca Montemayor López / 28 de marzo de 2010

 

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