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COMO PRIMICIAS DEL SEÑOR

Santiago 1:12-18

¡Gracias Padre!

Sí déjame que te llame Padre,

una, dos, mil veces…

Que sienta que este universo tiene corazón.

Tú corazón.

 

Promesas es una de las palabras claves en el lenguaje del amor. Prometer es empeñar uno a la vez su poder y su fidelidad, proclamarse seguro del porvenir y seguro de sí mismo, y es al mismo tiempo suscitar en la otra parte la adhesión del corazón y la generosidad de la fe. Dios en su manera de prometer, en la certeza que posee de no decepcionar jamás, revela su grandeza única y su amor inigualable. Para él prometer es ya dar, pero es en primer lugar, dar la fe que es capaz de esperar que venga el don; y es hacer, mediante esta gracia al que recibe, capaz de dar gracias y de reconocer en el don el corazón del Dador. Como escribió un teólogo: “Dios no tiene como nosotros un bote de basura donde echar los desechos”. El nos ha prometido a todos el don de la vida y lo aceptamos porque con él somos felices, y con él podemos hacer siempre algo nuevo.

Pero al amor se le corresponde con el amor, ni más, ni menos. Por eso la pregunta que deberíamos hacernos esta mañana como iglesia es: ¿Cómo le correspondemos al Señor por su querida fidelidad y por el cumplimiento generoso de sus promesas? O en otras palabras: ¿Qué pide Dios de nosotros?  ¿Qué es aquello que alegra su corazón de parte de nosotros? A mí no me preocupa lo que piensan de mí mis enemigos; si es que los tengo, pero si mis amigos pensaran mal de mí, eso sí me haría sufrir; porque siendo mis amigos, eso significaría que hay una pizca al menos de verdad en lo que piensan. Los pensamientos de los amigos son espejos. Así es Dios, él no sufre por lo que piense de él el maligno; pero si es distinto cuando se trata de sus hijos e hijas ¿Lo que hacemos respecto de él, expresa lo que pensamos de él? Venimos a la iglesia, le alabamos, leemos la Biblia; pero quizá, en voz baja, sin palabras, pensamos otra cosa muy distinta de él; y esa es la peor cruz que se puede sufrir, los malos pensamientos de los amigos.

Cuando uno da una cosa, está expresando lo que piensa del que recibe el regalo. Le damos agua a la planta, porque sabemos que a la planta le gusta el agua. Le damos alpiste a un pajarito porque sabemos que le gusta el alpiste. Lo mismo sucede con nosotros los seres humanos, regalamos algo a alguien que sabemos que le va a gustar. Cada regalo dice al otro lo que pensamos de él o de ella. Dios también merece regalos, también quiere alegrarse. Regalos para hacer sonreír de felicidad a Dios, para hacer que Dios vuelva a ser niño. El regalo que doy debe ser la realización del deseo del otro. Y ¿Cuáles son los deseos de Dios, si hemos de dar crédito a los regalos que le ofrecemos? ¿Qué dicen esos obsequios sobre el carácter de Dios y lo que es para nosotros?

LAS PRIMICIAS DE DIOS

Santiago nos dice algo acerca de lo que Dios es como primicia para sus hijos e hijas. “Dios es padre de las luces”. Padre no con un carácter físico, sino como expresión de una relación íntima de amor y de firme confianza en Dios. Es primicia de la creación (Dt.32:6), primicia que sustenta la vida (Is.64:8), primicia que redime (Is.63:16). Jesús le reconoce como primicia que se preocupa por sus criaturas (Mt.6:23). Por eso Jesús se declara su Hijo. “Mirad cuánto nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1ª Jn.3:1). Pero también, Jesús es primicia de Dios para nosotros: “Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn.1:14) ¡Vaya regalo!

Para Santiago Dios es: “Padre de las luces”. Job le llamaba Padre de la lluvia (38:28), Pablo le llamaba “Padre de misericordias” (2ªCor. 1:3); y “Padre de Gloria” (Ef.1:17). Así como la luz es indispensable para la vida, así es Dios para nosotros. Es primicia que ilumina nuestras vidas, es corona de vida que nos capacita para andar con dignidad, y ser capaces de vencer la tentación del mal que solo da cabida al pecado y la muerte ¡Su regalo es de vida! La misión de Dios es producir un nuevo tipo de creación a través de su palabra de verdad (v.18).  Por eso Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn.8:12). De allí que la evidencia de la bondad de Dios se ve en las primicias de sus criaturas, es decir, en aquellos y aquellas que han sido redimidos. ¿Por qué nos ha dado esta primicia Dios? Porque nos ama y porque desea que seamos primicias suyas en un sentido literal, real y generadora de frutos que alegren el corazón de Dios y el de los hombres y mujeres.

Los regalos de Dios son buenos, sus dádivas y sus dones son perfectos, y éstos proceden de su amor apasionado por cada uno de nosotros, porque nos mira con otros ojos y desea regalarnos cada día lo mejor de él para alegría nuestra, para consuelo en la tristeza y animo frente a los dilemas cotidianos. Su Palabra, su Espíritu, su Presencia son  primicias de su gracia, que aceptamos con todo gusto. Pero además, sus primicias nos vienen a través de sus hijos e hijas, de nuestros hermanos. Somos regalos para nuestros hermanos porque sabemos que el amor de Dios está sembrado en cada vida para compartirse, para ofrecerse con generosidad, para alegrar los corazones, para recibir esperanza. ¡Hermano, para mi eres un regalo! Porque juntos estamos integrados en Jesucristo, nuestro hermano mayor (Heb.2:11).  Dios nos revela sus primicias a través de ti y de mí para alegrar el corazón de nuestros hermanos y hermanas. Y si cada regalo dice lo que pensamos del otro; entonces, en Jesús tiene que decir lo mejor y desear lo mejor para mi hermano.

¿Quién no ha recibido una  primicia de un hermano o hermana? Una palabra, una oración, un abrazo, una enseñanza, una ayuda solidaria, una compañía en tiempos difíciles. No puedo olvidar a tantos hermanos y hermanas que han sido para mí un regalo de Dios. Algunos todavía lo siguen siendo y otros ya no están con nosotros, pero en su tiempo fueron para mí una primicia del Señor que lo agradezco profundamente, porque de ellas me sostuve, aprendí, me gocé y me llené de esperanza para seguir creyendo en Dios y en el amor de su Hijo Jesucristo. Alguien dijo una vez. “Si alguien me quiere, no está en su cabal juicio”.  Los regalos de Dios que recibimos de los hermanos son más que un gesto de emoción interna, son actos que trasmiten el amor de Jesús por nosotros, amor por cierto, que tiene un poder transformador. Este es el gran tesoro de la fe que sólo se adquiere y se cultiva en la medida en que la ofrecemos y la compartimos ¡Somos primicias de Dios para nuestros hermanos y para el mundo!

PRIMICIAS PARA DIOS

¿Con qué alegramos el corazón de Dios?  Si hoy te preguntaras: ¿Qué regalo le puedo hacer al Señor y que sé que le alegrará su corazón, porque le conozco personalmente? ¿Qué le darías? ¿Qué le daríamos como iglesia?  El profeta Miqueas nos dice que a Dios le agradamos cuando hacemos justicia, cuando amamos misericordia y cuando nos humillamos ante él (Miq.6:6-8). Es verdad, una regalo que alegraría el corazón de Dios es que todos construyéramos relaciones justas, que miremos y actuemos con generosidad ante la miseria humana, y que caminemos humildemente con el Señor todos los días. Pero también Dios se agrada de las pequeñas cosas que se rinden a él, así como la espiga de trigo se rinde ante el sol todos los días. Tu propósito de tener un buen día, tu trabajo que como ofrenda lo entregas al Señor, tus caricias ofrecidas a tus familiares y hermanos, tus cuidados con el medio ambiente. Hoy voy a tratar con dignidad a mi esposa, o a mi esposo y a mis hijos. Hoy voy a poner mi voz para alabarle; hoy voy a ser generoso con un hermano que está en necesidad; hoy voy a leer tu Palabra poniendo todo mi corazón el ello, hoy voy a orar por mis hermanos. El domingo pasado en la noche, Carolina, una pequeña de 10 años pasó al frente por primera para leer el salmo correspondiente. Nos dijo: “Buenas noches hermanos, voy a leerles el salmo 42”. Y lo hizo con toda sencillez e ingenuidad; pero a la vez con toda honra y alegría. Mi corazón se conmovió y estoy seguro que una lágrima de alegría cayó del cielo por la vida de una pequeñita le regalaba a su Señor la lectura sencilla de su Palabra. Hay tantas cosas que le podemos regalar a Dios como primicias de nuestras vidas consagradas para alegrar su corazón. “¡Gracias! le dice el árbol a la lluvia cuando recibe el don inapreciable de s visita. ¡Gracias! Te doy yo al reconocerte a mí lado en el camino de la verdad y la vida”. (Raúl Macín).  ¿Y por qué no, si somos primicias de Dios y para Dios? Amén

Rev. Javier Ulloa Castellanos

25 de marzo de 2012

 

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