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ENSANCHANDO NUESTRA TIENDA

BENDICIENDO AL SEÑOR EN TODO TIEMPO

Salmo 34:1-8

"Paren al mundo, que me quiero bajar", es el reclamo de Mafalda, la muñequita de Quino, reflejando ese anhelar la huída de nuestra sociedad. Entre el stress y la contaminación, el ansia de ir siempre más rápido y el miedo a lo que no podemos controlar, tratamos de comprender algo y titubeamos. Y es cuando nuestro estado resulta no en la falta sino en la desconfianza. Un alud de situaciones nos cae encima, sin que estén depurados los criterios confiables para su procesamiento. Pero como cuando subimos a una montaña rusa y al punto del descenso precipitado, gritamos “bajan”, nadie nos hace caso y el tren se detendrá solo cuando termina el trayecto; de la misma manera, no podemos bajarnos ahora, solo podemos afrontar el trayecto con un sentido de victoria o de derrota ¿Cómo viajamos los cristianos? ¿De dónde viene nuestra victoria? Hoy, bendecimos al Señor porque en todo tiempo nos ha amparado y porque nuestro trayecto tiene destino.

¿Es verdad que con los años se cierran o se embotan los sentidos? La experiencia dice que sí, pero la vida en el Espíritu dice que no. ¿No se decía de Moisés, que a su muerte, cumplidos los 120 años, sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor? (Dt.37:7).  ¿Cómo es esto? El sentido espiritual no se embota con los años, al contrario, se agudiza, se afina y suple poderosamente lo que físicamente se ha desgastado. Beethoven escuchaba internamente sus sinfonías, que su oído se negaba a oír.

David era perseguido con alevosía y ventaja por el rey Saúl, al grado de tener que huir con un grupo de amigos y refugiarse en el campo enemigo de los filisteos. Si la persecución era terrible, huir era deprimente y el buscar seguridad en territorio enemigo era trágico. Sin embargo, David tenía suficientes reservas espirituales que constituían el gran secreto que lo sustentaba a la hora de la prueba, porque había aprendido que la bendición de Dios no dependía de las circunstancias, sino de traer al Señor  muy dentro de sí, prendido en el alma. Ni su visión de Dios, ni su visión interior eran opacadas por su estado, de allí que, su alabanza estuviera siempre en su boca. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos, no los ha olvidado porque han sido tan importantes, especialmente en los momentos de prueba, que han quedado grabadas en su corazón, así como un grabado hecho en una piedra que perdura a través del tiempo y sus inclemencias. Y si algo aprendió David es que las pruebas no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de su fidelidad; por eso le agradece a Dios por su bondad y, al mismo tiempo, comunica a los demás sus vivencias, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan la experiencia de la cercanía de Dios. “Lo oirán los mansos y se alegrarán”. “Engrandeced a Jehová conmigo y exaltemos a una su nombre”. La historia de la esposa de Job es ilustrativa. Ella tiene que contemplar sufrir al ser que ama sin poder hacer nada práctico para solucionar su problema. A esta altura de los acontecimientos, esta mujer se encuentra física, emocional, mental y espiritualmente desmembrada. Y es "entonces" (2:9)  que habla y lo hace sin la posibilidad de poder discernir todo lo que está ocurriendo y le dice a su esposo: "¿Aún retienes tu integridad?  Maldice a Dios y muérete"  Esta frase manifiesta incomprensión de los acontecimientos y una solución rápida al problema. A lo que Job responde, no a modo de reprensión sino más bien con firmeza, pero a la vez con solidaridad: “Como suelen hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.  ¿Qué?  ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?  (2:10) "En todo esto no pecó Job con sus labios." Después de esto la mujer no habla más, quedando en silencio.  En cambio después de su consejo Job cayó en lo mismo: "Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día.  Y exclamó Job, y dijo: “Perezca el día en que yo nací, y la noche en que se dijo: Varón es concebido." (3:1-3) ¿Dónde estaría su esposa cuando Job pronuncia estas palabras? Seguramente junto a él y aunque no se vuelve a mencionar palabra alguna de ella, me atrevo a pensar que, o le dijo en secreto, o con la mirada le recordó: “Como suelen hablar los hombres fatuos, has hablado ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y no el mal? Y después de un largo peregrinar juntos por el desierto de la prueba, pueden exclamar juntos a Dios: “De oídas te habíamos oído, pero ahora nuestros ojos te ven”. ¡Engrandeced a Jehová con nosotros y cantemos a una su nombre; porque buscamos a Jehová y él nos oyó, y de todos nuestros temores nos libró”.

Por eso es que el salmista exclama: “En Jehová se gloriará mi alma”. El gloriarse en la pobreza o la ignorancia es mera hipocresía; el gloriarse en las riquezas o el conocimiento es mera vanidad. Es en Dios que se gloría nuestra alma, porque estamos ciertos que podemos escuchar su voz a pesar nuestro y de todo y con ello nos gozamos.  No se glorifica uno por el éxito, ni se glorifica uno por la desgracia. Es en Dios que se gloría nuestra alma, porque de él somos, por él vivimos y gracias a él esperamos la bendición que nos sustentará hasta el último día.

El salmista sabe a dónde recurrir, sabe dónde está la fuente de su sustento y de su fortaleza: “invocó al Señor y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. "Yo consulté al Señor y me respondió". Su confianza en Jehová se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan de veras. Por eso de nuevo David exhorta: "Contémplenlo y quedarán radiantes".  Mirar a Dios es mirar la luz y  quien camina en la luz se halla iluminado e irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad y  paz. Por eso, amados hermanos, la frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta. Y por si esto no fuera suficiente, el salmista revela el secreto de su sustento: “El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen y los defiende”.  Donde los otros caen, tropiezan o se encallan, el justo lo supera. Aquello que es insoportable e inexplicable para los demás, resulta suficiente para el que cree. “Porque el ángel del Señor está conmigo, me defiende y me ayuda”. Lo dirá también Jesús: "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,30). “Yo estoy con ustedes”.

Ahora el salmista nos invita a tener una profunda experiencia de fe y que ésta se convierta en algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado y tan necesario como el comer o el beber. “Gustad y ved que es bueno el Señor”. Feliz mil veces el hombre y la mujer quienes a este Dios se atienen, que ponen en él su entera confianza, que acuden siempre a él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación es el nombre del Señor.

“Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Gustad y ved, es la invitación más seria y más íntima que podemos recibir en nuestras vidas. Es una invitación a gustar y ver la presencia del Señor. Esto va más allá del estudio y el saber, más allá de razones y argumentos, más allá de libros doctos. Es una invitación personal y directa, concreta y urgente. Habla de contacto, presencia y experiencia. No dice “leed y reflexionad”, o “escuchad y entended”, o “meditad y contemplad”, sino “gustad y ved”. Abran los ojos y alarguen la mano, despierten sus sentidos y agudicen sus sentimientos, pongan en juego el poder más íntimo del alma en reacción espontánea  con el poder de sentir, de palpar, de “gustar”  la bondad de Dios. Y que esa facultad espiritual se ejerza con amor y alegría en disfrutar radicalmente la presencia del Señor.

“Gustar” es también  una palabra espiritual. Y desde ahora tenemos el derecho de usarla. Estamos llamados a gustar, a probar, a deleitarnos con la presencia del Señor. Ya no hay timidez que nos detenga ni falsa humildad que nos haga dudar. Al gustar nos sentimos agradecidos y valientes, y queremos responder a la invitación de Dios con toda nuestra alma y alegría, porque nos abrimos al gozo íntimo de su presencia en nuestra alma, atesoramos las entrevistas secretas de confianza y amor más allá de toda palabra y toda descripción. Dios  sabe cómo hacer real su presencia y cómo acunar en un abrazo nuestras vidas. Él sabe cómo tratar con cada uno de nosotros. A nosotros sólo nos toca aceptar, entregarnos  y disponernos, así como estamos, a recibir la caricia y la palabra del Señor.

Sé que para despertar nuestros sentidos espirituales tenemos que acallar muchas cosas que andan rondando en nuestras mentes y corazones. Tenemos que aprender a quedarnos callados, a ser humildes y trascender por un rato todo lo que hemos acumulado en nuestras vidas y aparecer ante Dios en la desnudez de nuestro ser y la humildad de nuestra ignorancia. Sólo entonces llenará él nuestro vacío con su plenitud y redimirá  la incertidumbre natural de nuestras existencias con la totalidad de su ser. Para gustar la dulzura de la presencia de Dios tenemos que purificar nuestros sentidos y limpiarlos de toda experiencia pasada, de todo prejuicio y de toda duda “En ti estará acallada mi alma”

El objeto del sentido del gusto son los frutos de la tierra en el cuerpo, y los del Espíritu en el alma: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza. (Gal. 5:22). Cosecha del Espíritu en nuestros corazones. Esa es la cosecha que estamos invitados a recoger para gustar y asimilar sus frutos. La alegría brotará entonces en nuestras vidas al madurar las cosechas por los campos del amor; y las alabanzas del Señor resonarán de un extremo a otro de la tierra fecunda: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza siempre está en mi boca. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”.

Entonces y solo entonces, comprobaremos que para ver nuestra realidad como lo hizo David, necesitamos de la aguda visión del Espíritu Santo en nosotros, y se abrirá ante nosotros un horizonte nuevo, más pleno y lleno de confianza. “Dichoso el hombre y la mujer que confían en él.

Amén.

Rev. Javier Ulloa Castellanos

Domingo 29 de mayo de 2011

 

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